Historias

Mi madre cortaba el pollo, picaba los huevos y untaba mantequilla en el pan con el mismo cuchillo.

En la misma tabla. Sin desinfectante para cada tarea. ¿Y sabes qué pasaba?

Nada.
No recuerdo haber tenido intoxicación alimentaria ni una sola vez.

Todos los domingos era “pollo con papas fritas”.
No necesitábamos McDonald’s para tener una comida familiar.
Eran nuestras tradiciones. Simples. Pero valiosas.

El almuerzo de la escuela venía envuelto en una bolsa de pan.
No había lonchera térmica. No había compartimento refrigerado.
¿El almuerzo? Pan con mantequilla y algunos trozos de chocolate.

Y, sorprendentemente, ninguna bacteria nos derribaba.

En verano, nos bañábamos en ríos, lagos y playas.
Nadie pagaba para apretarse en una piscina llena de cloro.
Las playas nunca se cerraban.
Y nadábamos sin miedo.

En la escuela, hacíamos educación física con zapatos simples.
Sin amortiguación. Sin tecnología de mil dólares.
¿Nos caíamos? Sí. ¿Nos levantábamos? Sí.
Y esas caídas se convertían en historias que contar.

¿Hiciste algo mal? Recibías un castigo.
Eso se llamaba disciplina.
Y crecimos respetando las reglas y honrando a los mayores.

A veces éramos cincuenta por salón.
Y aun así, todos aprendimos a leer, escribir y hacer cuentas.

¿Tabla de multiplicar? La sabíamos de memoria.
¿Tarea? La hacíamos por la noche, en la mesa de la cocina.
Y podíamos escribir una carta sin ningún error ortográfico.

Al final del año, había fiesta de fin de curso o feria escolar.
Pasteles hechos por las madres. Rifas. Cuadro de honor con los mejores alumnos.
¡Qué orgullo!

No importaba de dónde veníamos.
Cantábamos el himno nacional juntos. Respetábamos la bandera.
Y nadie veía eso como opresión.

Jugábamos en la calle hasta que los padres nos llamaban.
Y siempre sabían dónde estábamos.
Porque todos nos conocíamos. Todos cuidaban de todos.

Y sí, podías caminar por la calle de noche sin miedo.

¿Picadura de abeja? No íbamos al hospital. No tomábamos antibióticos.
Era yodo, ajo o vinagre. Y pasaba.

¿Pelea en la escuela? Se resolvía con los puños.
Nunca con cuchillos. Nunca con armas.
Y al día siguiente ya estábamos jugando al fútbol juntos otra vez.

¿Y lo más importante?

No conocíamos el término “familia disfuncional”.
Se resolvían las cosas naturalmente.
Sin terapia grupal. Sin medicación.
Solo la vida. Simple. Verdadera.

¿Cómo sobrevivimos?
Tal vez precisamente por esa simplicidad.

Amor para todos los que crecieron en esa época.
Y para los que no… lamento lo que se perdieron.

Porque hoy:
El cuchillo debe usarse solo para una cosa.
El almuerzo debe ir en fiambrera térmica con hielo.
El niño no puede caerse porque “podría traumatizarse”.
La disciplina se considera abuso.
Cantar el himno es “adoctrinamiento”.
Jugar en la calle es peligroso.
Resolver peleas con los puños es un delito.

Y en medio de tanta protección…
Los niños se volvieron más frágiles.
Más ansiosos.
Más perdidos.

Porque cambiamos la simplicidad por paranoia.
La libertad por control.
La resiliencia por fragilidad.

Y ahora tenemos:
Niños que no saben lidiar con la frustración.
Adolescentes que no saben escribir una frase.
Adultos que no saben resolver conflictos sin demandar a alguien.

No digo que todo fuera perfecto.
No estoy romantizando la pobreza.
No estoy defendiendo la violencia.

Pero hay algo que perdimos en el camino:
La capacidad de ser simples. De ser fuertes. De ser humanos.

Porque hoy:
Tenemos mil informaciones, pero poca sabiduría.
Mil redes sociales, pero poca conexión real.
Mil terapias, pero poca paz.

Y a veces miro atrás y pienso:
No teníamos nada. Y, sin embargo, lo teníamos todo.

Vecinos que cuidaban.
Calles para jugar.
Simplicidad para ser felices.

Y hoy?
Hoy tenemos todo.
Pero parece que no tenemos nada.

💛
Este es un homenaje a quienes crecieron con lo simple. Que sobrevivieron. Y se convirtieron en personas de verdad.
No porque fuera mejor. Sino porque era real.

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