Historias

La Mansión del Empresario y el Plan Siniestro

Roberto Herrera era un empresario autodidacta, un titán en el mundo de la tecnología que había construido un imperio desde cero. Su nombre era sinónimo de innovación y éxito. Poseía una mansión imponente en las colinas de Bel Air, un verdadero bastión de lujo y seguridad, con ventanas que ofrecían vistas panorámicas de la ciudad que había conquistado. Pero, para Roberto, todo ese esplendor quedaba en segundo plano ante la luz de su hija, Ana.

Ana era su mundo, su centro, su razón de vivir. Una rara enfermedad degenerativa la había postrado en una silla de ruedas desde pequeña, robándole la movilidad, pero nunca el espíritu. Sus grandes ojos expresivos eran ventanas a un alma resiliente, y su sonrisa era un bálsamo para el corazón atribulado de Roberto. La fortuna que había acumulado no era para ostentación propia, sino para garantizar que Ana tuviera la mejor atención médica, terapias avanzadas y la vida más plena posible a pesar de sus limitaciones.

La seguridad de Ana era la obsesión de Roberto. No era solo una preocupación, sino una necesidad visceral. Había invertido fortunas en sistemas de seguridad de última generación: alarmas perimetrales, sensores de movimiento, guardias rotativos y, principalmente, un sofisticado sistema de cámaras ocultas. Cada rincón de la mansión estaba monitoreado, no solo para proteger obras de arte o joyas, sino principalmente para vigilar a Ana cuando él no podía estar presente.

Aun así, Roberto confiaba en muy pocos. Ni siquiera en Elena, la nueva empleada que había contratado apenas dos semanas antes. Venía recomendada por una agencia de prestigio, con referencias impecables y una apariencia de dulzura y eficiencia que inspiraba confianza. Era una mujer de unos cuarenta años, de rasgos amables y manos siempre ocupadas. Su voz era suave, casi un susurro, y sus modales, impecables. Parecía una bendición.

Los primeros días transcurrieron con normalidad. Elena se movía por la mansión con eficiencia casi silenciosa, cuidando cada detalle y aportando una nueva tranquilidad al hogar. Roberto observaba cómo trataba a Ana con delicadeza, ajustando su ropa de cama, organizando libros, siempre con una sonrisa discreta. Parecía un ángel enviado para aliviar sus preocupaciones. Roberto empezó a sentir un atisbo de la confianza que tanto deseaba.

Pero esa aparente paz se rompió una tarde. Roberto estaba en su oficina, a kilómetros de distancia, en una videoconferencia importante. En una de las ventanas, el feed en vivo de las cámaras de la mansión aparecía discretamente en su visión periférica. De repente, algo en el movimiento de Elena llamó su atención.

La empleada entró en el cuarto de Ana. La cámara mostraba la habitación completa. Elena se acercó a la cama de Ana, que dormía tranquilamente, ajena a la vigilancia invisible. Pero la mirada de Elena no era de ternura ni preocupación; era intensa, casi calculadora. Roberto frunció el ceño.

Se inclinó sobre la niña, con una postura diferente, furtiva. Sacó algo del bolsillo: un objeto pequeño y brillante que reflejaba la luz de la tarde. Parecía un instrumento diminuto, pero para Roberto parecía un arma. La mano de Elena se movió con precisión escalofriante hacia la boca de Ana. Un escalofrío recorrió la espalda de Roberto. Un grito se le atascó en la garganta. ¿Qué demonios estaba haciendo?

En ese momento, el feed se congeló y la pantalla se volvió negra. El terror absoluto se apoderó de Roberto. La conexión estaba comprometida. Escribió frenéticamente, pero el sistema no respondía. Apareció el mensaje: “Conexión perdida. Sistema de seguridad comprometido.”

Desesperado, Roberto tomó las llaves de su auto deportivo y corrió a la mansión. Cada semáforo, cada coche delante de él, parecía un obstáculo insuperable. Su mente revivía la imagen de Elena acercándose a Ana. ¿Veneno? ¿Sedante? ¿Secuestro? Todas las posibilidades eran horribles.

Al llegar, los guardias no estaban. La puerta estaba abierta. El miedo se transformó en una furia fría. Entró corriendo, sus pasos resonando en los pasillos de mármol. La casa estaba silenciosa, pesada, antinaturalmente silenciosa. Corrió al cuarto de Ana. La puerta estaba entreabierta.

Ana estaba en su cama, exactamente como en la grabación. Dormía. Demasiado tranquila. Roberto se acercó, tocó su frente. Estaba fría. Un terror gélido lo envolvió.

— ¡Ana! ¡Ana, despierta! — susurró, luego gritó, sacudiéndola suavemente. Pero Ana no respondió. Sus ojos estaban cerrados, su respiración apenas perceptible. Parecía en un sueño profundo, casi comatoso. Llamó a emergencias.

Mientras esperaba, su mirada se detuvo en la mesita de noche. Un pequeño frasco de vidrio, casi vacío, estaba allí. Era el objeto que Elena había sacado del bolsillo. La etiqueta decía: “Sedante potente. Uso veterinario.”

La policía y los paramédicos llegaron rápidamente. Ana fue trasladada de urgencia al hospital. Su vida no corría peligro inmediato, pero el trauma fue devastador. Roberto se sentó junto a ella, consumido por la culpa e impotencia.

Días después, la policía encontró una nota en la casa de un antiguo jardinero despedido meses antes. Escrita por Elena, confesaba lo ocurrido y revelaba algo aún más siniestro:

“Señor Herrera, lamento el inconveniente, pero su hija era un obstáculo. El verdadero objetivo no era ella, sino lo que representa: su fortuna, su imperio… todo esto tiene un precio. Y ese precio es suyo. La herencia de su esposa, el diamante ‘Lágrima del Océano’, los terrenos de la costa… nada de eso le pertenece. Pronto lo sabrá. Y cuando lo haga, será demasiado tarde.”

Roberto leyó la nota una y otra vez. La herencia de su difunta esposa Clara, fallecida cinco años antes, era clara: todo para Ana. Solo un pariente sombrío surgió en su mente: Marco, primo lejano de Clara, amargado y sin escrúpulos, distanciado de la familia años antes. ¿Estaría él involucrado?

La amenaza iba más allá de Ana. Era contra su legado, su fortuna, su herencia y el futuro de su hija. El sedante era solo el primer paso de un plan mucho más complejo y cruel.

Roberto juró proteger a Ana y desenredar la red de traición que se extendía más allá de lo que podía imaginar. La mansión, sus secretos y las cámaras ocultas se convertirían en herramientas para evitar que su imperio y el legado de Clara fueran destruidos.

Y así, entre miedo, sospechas y vigilancia, Roberto aprendió que incluso en el corazón del lujo y la seguridad, el peligro puede esconderse en los lugares más inesperados — y que proteger a quienes amamos requiere coraje, astucia y atención absoluta.

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