Historias

El Jefe y la Loba Blanca

Fausto Beltrán —conocido en el mundo criminal como “El León”— escuchó el sonido incluso antes de abrir la pesada puerta de caoba que conducía al sótano de su mansión en Jardines del Pedregal.

Crack. Crack. Crack.

Ese ruido no pertenecía a la calma comprada de su hogar. No era el tintinear del cristal ni el eco lejano de las sirenas de la Ciudad de México. Era madera golpeando madera, seco y repetitivo, como un corazón latiendo en ritmo de guerra.

Fausto bajó las escaleras de mármol sin hacer ruido, costumbre heredada de la sierra y de una vida donde el silencio significaba sobrevivir. Aún llevaba el abrigo de lana y la corbata apretada al cuello como un elegante lazo de ahorcado. Había regresado temprano de una reunión en Santa Fe porque un viejo instinto le apretó el pecho.

Algo estaba mal.

Se detuvo frente a la puerta entreabierta del sótano y miró por la rendija.

La escena le heló la sangre.

En el centro de la habitación, descalza sobre el piso frío, estaba Valentina, su hija de doce años. El cabello negro recogido en una coleta que se deshacía, el cuerpo sudoroso, la respiración agitada. Sus ojos —blancos y nublados desde el nacimiento— miraban a la nada. Y aun así, parecía ver con la piel, con el aire, con el instinto.

Frente a ella, girando como un depredador paciente, estaba Isolda, la empleada doméstica que llevaba ocho meses trabajando en la casa. Una mujer oaxaqueña, silenciosa, sólida como una sombra.

Isolda sostenía un palo de escoba cortado y lo golpeaba rítmicamente contra su propia palma, marcando un compás irregular.

Otra vez —ordenó. Su voz no era la de la mujer que preguntaba si quería café. Era fría, profesional—. ¡Ataque!

El palo cortó el aire con un silbido agudo.

Valentina no se apartó.

No se encogió como una niña asustada.

Dio un paso hacia el sonido, levantó su propio palo en diagonal y bloqueó el golpe con una precisión que hizo que el corazón de Fausto se detuviera.

¡Crack!

El impacto resonó en las paredes.

Bien… —dijo Isolda—. Pero dudaste. La duda es muerte. Escucha el aire. El golpe se anuncia antes de tocarte. El viento cambia.

—Lo… lo intento… —jadeó Valentina.

No lo intentes. Hazlo. O te rompo las costillas.

Tres golpes rápidos: alto, bajo, alto.

Valentina bloqueó los dos primeros, pero el tercero le golpeó la cadera. Se dobló, respiró hondo, pero no lloró.

La admiración de Fausto se transformó en furia ciega.

Empujó la puerta con violencia.

El palo de Valentina cayó al suelo con un sonido pesado y obsceno.

¿Qué demonios es esto? —gruñó Fausto.

Valentina sonrió, aliviada.

—Papá… llegaste temprano…

La sonrisa se borró al escuchar el tono de su padre.

Isolda dio un paso adelante, colocándose apenas frente a la niña.

Un gesto mínimo.

Pero para Fausto, fue un desafío.

—Te pregunté qué estás haciendo con mi hija —masculló.

Enseñándole —respondió Isolda sin parpadear.

—¿Enseñándole a qué? ¡A que la maten! ¡Es ciega, carajo!

—¡Eso no es verdad! —protestó Valentina, con la voz cargada de dignidad—. Puedo hacer más de lo que crees. ¡Ya no soy una bebé!

—Sube a tu cuarto, Valentina.

—No… escúchame…

¡He dicho que subas!

La orden cayó como un machetazo.

Valentina apretó la mandíbula y subió rápido, rozando la pared con los nudillos, sin tropezar una sola vez.

Cuando el eco de sus pasos desapareció, Fausto se giró hacia Isolda.

—Estás despedida. Fuera de mi casa en diez minutos.

No, no lo estoy.

Fausto se quedó helado.

El hombre que hacía temblar a gobernadores y policías se quedó sin palabras ante la audacia de una empleada doméstica.

—¿Qué dijiste?

—No me vas a despedir —repitió ella—. Porque sabes que tengo razón. Has rodeado a tu hija de guardias y muros, pero no la has protegido. La dejaste indefensa. Y en tu mundo, los indefensos terminan en una bolsa negra.

Fausto la tomó del brazo con fuerza intimidante.

—Tú no sabes nada de mi mundo.

—Sé lo suficiente —sus ojos brillaron con una frialdad antigua—. Todos conocen tu punto débil. Tu hija. La seguridad se compra, y lo comprado se puede traicionar. Pero una hija que sabe defenderse… eso no te lo pueden quitar.

La verdad quedó flotando en el aire húmedo del sótano.

Fausto la soltó.

—Vete. Mañana hablamos. Agradece que no te saco en la cajuela.

Isolda se acomodó el delantal y, al pasar junto a él, murmuró:

—Su hija es más fuerte de lo que cree. La pregunta es si usted es lo bastante valiente para dejarla demostrarlo.

Cuando quedó solo, Fausto notó que le temblaban las manos.

No de rabia.

De miedo.

Un miedo puro.


El secreto de Tepito

Esa noche, ni el tequila logró calmarlo.

Valentina era su talón de Aquiles.

Al amanecer, tomó una decisión: antes de despedir a Isolda, descubriría quién era realmente.

La dirección lo llevó a Tepito.

Un gimnasio clandestino escondido en el sótano de una vecindad vieja.

Dentro, el olor a sudor y sangre vieja lo golpeó como un recuerdo desagradable.

El anciano detrás del mostrador lo reconoció al instante.

—No vengo por cobro —dijo Fausto—. Busco a una mujer. Se hace llamar Isolda.

El viejo suspiró.

—De verdad no la reconoces, ¿verdad, Don Fausto?

Señaló una foto vieja.

Una joven en un ring clandestino, llena de cicatrices, sonriendo de forma salvaje.

La Loba de Tepito —dijo—. Invicta en cuarenta y siete peleas. A veces luchaba con los ojos vendados. Desapareció la noche que mataron a su hermano.

El viejo contó la historia de Luca, el hermano enfermo, el torneo brutal, el trato criminal.

Y luego soltó la verdad que destrozó a Fausto:

—Ese torneo fue financiado por gente ligada a usted.

Fausto salió de allí con una certeza corrosiva.

Isolda sabía quién era él.

Y aun así, entrenaba a su hija.


La decisión

Fausto observó en secreto el entrenamiento en el jardín.

Campanas. Vidrios rotos.

Valentina se cortó.

Sangró.

Pero luego… aprendió a ver el sonido.

—¡Puedo ver con el oído! —gritó.

Fausto bajó.

—Sécale el pie —ordenó—. Y mañana… enséñale a usar el cuchillo.

Isolda asintió.

La guerra ya venía.


Cuando el rumor se vuelve amenaza

La ciudad comenzó a murmurar.

La niña de cristal había desaparecido.

Ahora entrenaba con la Loba.

El entrenamiento salió a la calle.

Mercado de Jamaica.

Caos.

Un carterista.

Valentina reaccionó.

Instinto puro.

—Ya aprendiste —dijo Isolda.


La invitación del infierno

Un emisario elegante llegó con un mensaje de El Cardenal.

Un torneo.

Un campeón por familia.

O la casa sería destruida.

Fausto entendió: una trampa.

Pero no sabían que la niña ya no era frágil.


Ocho días para volverse guerra

La mansión se convirtió en cuartel.

Entrenamiento brutal bajo la lluvia.

—¡Siente! —gritó Isolda.

Valentina cayó.

Se levantó.

Y venció.

—Estás lista —dijo Isolda.


El matadero

El torneo fue en un rastro abandonado.

Una ejecución disfrazada de honor.

Valentina pidió oscuridad.

Las luces se apagaron.

El humo llenó el lugar.

Y la caza comenzó.

Valentina dejó de ser presa.

Derribó al gigante.

Guió a su padre.

Y escaparon… pero la guerra continuó.


El hospital

Valentina los guió por la entrada de proveedores.

Silencio anormal.

Un sicario en el techo.

El Emisario apareció con su madre como rehén.

—No soy ciega —susurró Valentina—. Veo diferente.

Atacó el entorno.

Fausto disparó.

Isolda terminó el trabajo.

La familia sobrevivió.


Epílogo: La Loba Blanca

Meses después, la mansión ya no era una prisión.

Un dojo en el jardín.

Valentina entrenaba como igual.

Los jefes ofrecieron paz.

Tenían miedo.

Una leyenda había nacido:

La Loba Blanca.

Porque Valentina aprendió la verdad más grande:

La oscuridad no es el final.

A veces, es solo el lienzo donde los valientes pintan su propia luz.

FIN.

Artigos relacionados