Volví de vacaciones y encontré un enorme hoyo en mi patio

— estaba a punto de llamar a la policía hasta que vi quién estaba dentro
Un descubrimiento inesperado
Regresé de las vacaciones antes de lo previsto porque mi esposa no se sentía bien y decidimos acortar el viaje. Al llegar a casa, fui directo a revisar el patio y me quedé impactado: había un enorme hoyo excavado en el suelo. Mi primera reacción fue tomar el teléfono para llamar a la policía, pero algo me detuvo. En el fondo del hoyo vi una pala y una botella de agua recién abierta. Pensé: “¿Qué demonios está pasando aquí?”
Decidí no actuar de inmediato. Esa noche apagué todas las luces y me quedé vigilando. Cerca de la medianoche, vi una silueta saltar la cerca y dirigirse directamente hacia el hoyo.
Un encuentro inesperado
Salí sigilosamente y me acerqué, iluminando el interior con la linterna del teléfono. Para mi sorpresa, reconocí al hombre: era George, el antiguo dueño de la casa.
—¿Frank? —exclamó, tan sorprendido como yo—. ¿Qué haces aquí?
Le expliqué que ahora vivía allí y le pregunté qué estaba pasando. George me contó que su abuelo había escondido algo valioso en el patio hacía muchos años. Había esperado a que creyera que estábamos de vacaciones para intentar desenterrarlo, pensando que nadie se daría cuenta. Entonces me propuso un trato: si lo ayudaba a cavar, dividiríamos lo que encontráramos, mitad y mitad.
Cavando historias
Pasamos horas excavando y conversando. George me contó que había perdido su trabajo y que su esposa, Margaret, estaba luchando contra el cáncer. Dijo que ese tesoro podría cambiarlo todo para ellos. También compartió historias sobre su abuelo, que desconfiaba de los bancos y enterraba su dinero y objetos de valor.
No encontramos nada más que piedras y raíces, pero de alguna manera la conversación y el esfuerzo compartido nos acercaron.
El verdadero tesoro
Al amanecer, George estaba visiblemente abatido. —Estaba tan seguro… —murmuró. Se disculpó y me ayudó a tapar el hoyo.
Cuando fuimos a su casa, Margaret mostró preocupación inmediata. —George, no me digas que… —dijo, con el ceño fruncido. La tranquilizamos, y ella se ofreció a pagar los arreglos del patio, pero rechacé, bromeando que tal vez aprovecharía el hoyo para hacer una piscina.
De camino a casa, sentí una inesperada calidez. El optimismo inquebrantable de George me había contagiado. Cuando le conté todo a mi esposa, Karen, ella rió y dijo: —Solo tú, Frank, pasarías toda la noche cavando en busca de un tesoro con un desconocido.
Acordamos invitar a George y Margaret a cenar, sabiendo que el verdadero tesoro de esa noche no estaba enterrado en el patio, sino en la amistad inesperada que había surgido.



