Tres días después del funeral de su esposa, el marido apareció en la notaría con su amante para recibir la herencia

— pero cuando se leyó el testamento, la verdad cayó como una bomba y dejó a ambos en total desesperación.
Entró en la oficina con la cabeza en alto, traje oscuro y el aire arrogante de quien ya se siente ganador.
Tres días antes había estado en el entierro de su esposa fingiendo lágrimas que nunca existieron.
Tres años antes se había casado con ella por puro interés.
Y ahora llegaba con la amante a su lado, sonriendo como si ya supiera cuánto iba a recibir.
— Después de hoy, amor… nunca más volveremos a ese departamento estrecho — le susurró al oído.
La mujer se retocó el labial con la tapa de una pluma, actuando como si ya hubiera sido ascendida a “señora de la casa”.
Ellos estaban seguros.
O al menos eso pensaban.
El notario abrió la carpeta.
La sala quedó en silencio.
Y la primera frase que leyó cayó como un disparo:
“A mi marido… le dejo absolutamente NADA.”
La amante abrió los ojos de par en par.
El esposo se levantó de golpe, como si hubiera recibido una bofetada.
Pero el notario continuó.
La puerta se abrió lentamente.
Un hombre entró empujando un cochecito de bebé.
Dentro, un niño de unos nueve meses… con los mismos ojos que la difunta.
El notario retomó la lectura:
“Dejo todos mis bienes, acciones, propiedades y cuentas bancarias a mi ÚNICO HIJO, Lucas.
Y hasta que alcance la mayoría de edad, sus tutores legales serán Eduardo Tavares… y el Sr. Chimald.”
El marido se puso blanco.
La amante se tapó la boca.
Intentó reaccionar:
— ¿H-Hijo?! ¡Imposible! ¡Ella estaba enferma! ¡Ella… ella no podía…!
Pero el notario colocó un sobre sobre la mesa.
Sellado.
Con su nombre escrito a mano.
La letra de su esposa.
La última carta que dejó — y que jamás esperaba leer.
La abrió.
Y a medida que leía cada línea, su rostro se desmoronaba.
Las manos le temblaban.
Las rodillas le fallaban.
La amante insistía:
— Rodrigo… ¿qué pasa? ¿¡Qué escribió ella?!
Pero él no podía contestar.
El impacto le había robado la voz.
Porque en esa carta, su esposa revelaba la verdad — y el plan que había preparado en silencio:
“Rodrigo, descubrí todo.
Todas tus mentiras.
Todas tus citas con la amante.
Descubrí que nunca me amaste.
Solo esperabas mi muerte.”
Ella continuaba:
“Cuando recibí mi diagnóstico, entendí que por fin obtendrías lo que siempre quisiste: mi herencia.”
“Pero Dios fue bueno conmigo. Me dio un regalo antes de irme: Lucas.”
“El hijo que nunca supiste que existía — y que, gracias a Dios, tampoco es tuyo. Es fruto del amor verdadero que viví antes de ti.”
Y luego venía la parte final — la que lo destruyó por completo:
“Le dejo todo a mi hijo, y nada a ti.
Mi último deseo es que todo el daño que intentaste hacerme caiga en el vacío de tu propia vida.
Finalmente te quedarás con lo que siempre mereciste: nada.”
Rodrigo dejó caer la carta.
Se desplomó en la silla, sin fuerza en las piernas.
La amante se alejó de él como si huyera de un incendio.
En el cochecito, el bebé balbuceó, ajeno al caos.
Eduardo — el verdadero padre — colocó una mano tranquila sobre el hombro del niño, sereno, completo.
Rodrigo, por su parte, no dijo nada.
Ni podía.
Porque ese día, en esa notaría, descubrió que su esposa muerta había sido mucho más inteligente que todos ellos.
Y que su venganza no necesitó gritos ni escándalos…
Solo un testamento.



