Historias

Se subió a mi baúl — y cambió mi vida

Soy repartidor de motos desde hace seis años.
Llevo de todo: comida, medicinas, documentos, paquetes…
Todo lo que quepa en el baúl de mi moto.

Sol, lluvia, tráfico, madrugadas.
La moto es mi herramienta. Mi sustento. Mi compañera.

Pero nunca — NUNCA — imaginé que llevaría un perro.

Era un martes por la tarde.
Tenía que entregar alimento para perros en un barrio apartado.
Casa sencilla, portón verde, perros corriendo por todo el patio.

Toqué el timbre.
Una joven respondió.
— “¡Hola! ¿Es el alimento? Déjalo allí, por favor.”

Coloqué la caja en el suelo. Ella firmó en la app.
— “¡Gracias! Estos pequeñines estaban esperando.”

Ya me daba vuelta para irme…
Cuando apareció él.

Un cachorrito.
Criollo, color caramelo, orejitas caídas.
Corrió directamente desde el portón… directo hacia mí.

No ladró. No saltó.
Solo se sentó frente a mi moto, mirándome
con esos ojos que lo dicen todo sin necesidad de palabras.

— “Ey, amiguito, tienes que quedarte ahí dentro,” le dije, tratando de alejarlo.
Pero no se movió.
Se quedó mirándome.

La joven volvió al portón, me miró a mí, miró al cachorro y dijo:
— “Creo que quiere ir contigo.”

Reí.
— “No, señorita… trabajo todo el día en la moto. No puedo cuidar un perro.”

Ella sonrió.
— “Hace cinco años que recibo perros abandonados y nunca vi a uno elegir así a alguien. Te eligió a ti.”

Miré al cachorrito.
Seguía allí, sentado, paciente.
Como si supiera que debía ir conmigo.

— “Llévalo. Al menos por hoy. Si no funciona, lo devuelves.”

Suspiré.
Lo tomé en brazos.
Lo puse en el baúl.

— “Solo por hoy, ¿sí? Mañana vuelves.”

Arranqué la moto.
No lloró. No intentó saltar.
Se quedó tranquilo, como si siempre hubiera ido conmigo.

Hice ocho entregas más esa tarde.
Y él me acompañó a todas.

En cada parada, abría el baúl.
Sacaba la cabecita.
La gente se reía.
— “¡Qué lindo! ¿Es tuyo?”
— “No… bueno… creo que sí.”

Al final del día, llegamos a mi casa.
— “Está bien. Hoy te quedas. Mañana vemos qué hacemos.”

Le di un baño con la manguera.
Le di de comer algo simple: arroz con huevo.
Comió como si nunca hubiera comido en su vida.

Por la noche, me fui a dormir.
Se acostó en la puerta de mi cuarto.
Como protegiéndome.

A la mañana siguiente, me desperté decidido a devolverlo.
Tomé la moto para salir…
Y él ya estaba esperándome a un lado.
Moviendo la cola.
Con esa mirada que parecía decir:

— “¿No vamos a trabajar?”

Y ahí lo entendí.

Él no quería solo una casa.
Quería un compañero.
Alguien con quien andar.
Alguien para no estar solo.

Y yo también estaba solo.
Trabajando todo el día.
Almorzando en la moto.
Viendo la vida pasar, sin compañía, sin conversación.

Hasta que…
ya no estaba solo.

Ese pequeño cachorro caramelo entró en mi vida sin pedir permiso
y llenó un espacio que ni siquiera sabía que existía.

Ese día, arranqué la moto.
Se subió al baúl como si siempre hubiera sido su lugar.
Y partimos.
Él y yo.

Compañeros.
En la ruta y en la vida.

Le puse de nombre Baúl.
Porque fue ahí donde se subió…
y de alguna manera, también se subió a mi corazón.

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