Historias

Llegué a la casa de mi hermana sin avisar… y lo que vi me dejó sin aliento.

Ella estaba durmiendo en el felpudo de la entrada, acurrucada, con ropa rota y sucia. Su cabello, antes bien cuidado, estaba enredado; su rostro agotado delataba incontables noches sin dormir. Esa no era la Helena que conocía, la misma que había abandonado una brillante carrera en arquitectura para apoyar a su esposo.

Desde dentro de la casa llegaban risas, música y el tintineo de copas brindando. Entonces apareció Ricardo, su esposo.

Miró hacia abajo, vio a Helena en el suelo frío y, sin dudarlo, limpió sus zapatos sobre su espalda, como si fuera un trapo viejo.

— Tranquila, cariño —le dijo a la mujer de vestido rojo detrás de él—, solo es nuestra empleada loca.

La amante se rió.

No grité. No lloré. Solo di un paso adelante. Y de repente, el mundo pareció congelarse.

Ricardo se puso pálido. La mujer abrió los ojos de par en par. Helena se movió levemente, aturdida y confundida.

— Buenas noches —dije, con la calma de quien ya sabe exactamente lo que va a suceder—. Tú eres Ricardo, ¿verdad?

Tragó saliva.

— ¿Q-quién eres?

Respiré hondo.

— Mi nombre es Clara Moura. La hermana mayor de Helena. Y —lo más importante— la abogada que redactó el contrato de esta casa.

Le mostré la pantalla de mi celular.

Ricardo palideció. La amante dio un paso atrás. Helena me miró como si estuviera presenciando un milagro.

— Esta casa no está a tu nombre —continué, firme—. Pertenece a la empresa que financió tu negocio fallido. Y esa empresa impuso una sola condición: que mi hermana fuera tratada con dignidad.

Ricardo intentó reír.

— Estás exagerando. Helena está enferma. Yo la cuido.

— ¿Cuidar? —repetí, arrodillándome para cubrir a Helena con mi abrigo—. ¿Eso es lo que llamas cuidar?

La amante susurró, desesperada:

— Ricardo… dijiste que todo estaba resuelto…

Los miré a ambos.

— No lo está. De hecho… hoy es el día en que todo empieza a resolverse.

Saqué una carpeta sellada de mi bolso y la puse sobre la mesa de la entrada.

Cuando vieron lo que había dentro, el ambiente cambió por completo. Documentos, contratos, términos legales y fotos demostraban, de manera irrefutable, que Helena tenía derechos que Ricardo nunca podría ignorar.

La amante retrocedió, Ricardo se quedó sin palabras, y mi hermana, todavía asustada, comenzó a comprender que finalmente alguien estaba de su lado.

— Helena —dije, colocando una mano firme sobre su hombro—, a partir de ahora, nadie volverá a tratarte así.

Y en ese momento, en la entrada de la casa que durante tanto tiempo había parecido una prisión, comenzó la liberación de mi hermana.

Artigos relacionados