Historias

La Sombra Que Protege

Salió de la universidad después de las diez de la noche. Mochila a la espalda. La calle estaba vacía — ese tipo de silencio que no trae paz, solo advertencia.

El callejón era el camino más corto a casa. Y el más peligroso. Aun sabiéndolo, entró.

Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde.

Tres figuras se desprendieron de la pared. Pasos resonaron, cerrando el cerco. Risas bajas. Ojos hambrientos.

El corazón le latía en la garganta.

— Perdiste, niño rico… — dijo uno de ellos.

El cuerpo se le paralizó. No había adónde correr. No había fuerza en las piernas. Ni voz en el pecho.

Fue entonces cuando ocurrió algo extraño.

La farola parpadeó. La luz amarilla golpeó el suelo húmedo… y su sombra apareció en la pared.

Pero no era su sombra.

Donde debería haber estado el contorno de un joven delgado, tomó forma otra cosa. Una sombra enorme. Ancha. Con hombros de guerrero.

En la mano, algo parecido a un látigo levantado. En la cabeza, un sombrero de ala ancha. La postura de alguien que no pide permiso — simplemente llega.

El callejón se volvió frío.

Uno de los hombres miró la pared… y palideció.

— ¿Qué carajo es eso…?

Otro dio dos pasos atrás, tartamudeando:

— ¿Tú también estás viendo esto?

La sombra se movió antes que el joven. El látigo cortó el aire — o al menos se oyó el sonido.

Nadie pensó. Nadie discutió.

Huyeron. Huyeron como quien escapa de la muerte.

El joven se quedó allí, temblando. El aire apenas llenaba sus pulmones. La mente luchaba por comprender lo que acababa de ocurrir.

Cuando el silencio regresó al callejón, la sombra en la pared se encogió.

Solo quedó la suya. Pequeña. Asustada. Humana.

Esa noche, al llegar a casa y cerrar la puerta, recordó el consejo de su abuela, repetido tantas veces que parecía una oración:

— Hijo, camina por el camino correcto… porque quien camina bien nunca camina solo.

Hay calles que no están protegidas por cámaras. Ni por la policía.

Sino por quienes cuidan los caminos de los vivos y no toleran la cobardía en la oscuridad.

A veces, la sombra que te acompaña no es tuya.

Es protección.

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