La Profesora de 94 Años y el Basurero Que Aprendió a Leer

Doña Helena tiene 94 años. Viuda desde hace 18 años, vive sola en Casa Amarela, Recife, Pernambuco.
Tiene demencia vascular moderada. Olvida los nombres de sus bisnietos, dónde dejó la dentadura, incluso si ya ha cenado.
Pero hay una cosa que nunca olvida: enseñar.
Fue maestra de primaria durante 52 años, alfabetizando a 2.847 niños antes de jubilarse en 1989.
Desde entonces, nunca dejó de “corregir trabajos”: revistas viejas, folletos, cualquier papel con letras. Con bolígrafo rojo en mano, circula palabras, marca errores imaginarios y pone notas.
La demencia la confunde, pero el instinto de enseñar sigue intacto.
En la misma calle, desde hace 12 años, trabaja el señor Expedito, 67 años, basurero de la Municipalidad de Recife. Nunca fue a la escuela, empezó a trabajar a los 7 años y nunca aprendió a leer.
Reconoce símbolos: sabe que la M amarilla es McDonald’s, y que ciertas letras juntas significan “peligro”, pero nunca ha leído una frase completa.
Y entonces, un martes de marzo, todo cambió.
La Clase Inesperada
Eran las 6:20 a.m. Expedito recogía la basura cuando Doña Helena abrió su portón, con bata, confundida:
— “Llegaste tarde a clase.”
Expedito sonrió incómodo:
— “Perdón, señora. Vine a recoger la basura.”
Ella lo miró con esa mirada de maestra que todo adulto reconoce:
— “¿Dónde está tu cuaderno?”
Él no sabía qué decir.
— “Yo… yo no tengo, señora.”
Dos minutos después, ella volvió con un cuaderno viejo y un bolígrafo:
— “Primera lección: vocales. Tienes diez minutos antes de que pase el próximo camión.”
Y comenzó. Allí mismo, junto al portón, a las 6:25 a.m.
Aprender a Leer con Orgullo
Al principio, Expedito pensó que era cosa de la demencia. Trató de ser educado, sostuvo el cuaderno y la dejó hablar.
Pero en la tercera clase, algo cambió.
Ella dibujó una enorme A y le pidió que la copiara. Él la copió. Ella sonrió:
— “Muy bien. Tienes talento.”
Por primera vez en su vida, Expedito sintió orgullo de aprender.
A partir de ese momento, se volvió rutina.
Cada martes, jueves y sábado a las 6:20 a.m., Doña Helena estaba en el portón, con cuaderno, bolígrafo rojo y paciencia infinita.
— “Hoy es la E”, decía. Y enseñaba.
Expedito escondía el cuaderno en su bolsillo, avergonzado.
— “¿Un hombre de 60 y tantos años aprendiendo a leer con una anciana en la calle? Se van a burlar de mí.”
Pero continuó. Por primera vez, las letras tenían sentido.
En los primeros seis meses aprendió las vocales; luego las consonantes; luego sílabas simples.
Doña Helena olvidaba su nombre cada día:
— “¿Cómo te llamas otra vez?”
— “Expedito, profesora.”
— “Ah, sí. Vamos a la lección.”
Olvidaba que era basurero. A veces pensaba que era alumno de la clase de 1972, o hijo de un exalumno.
Pero nunca olvidaba enseñar.
Usaba envoltorios de basura como material didáctico:
— “Mira: L-E-C-H-E. Ahora léelo.”
Y él leía. Despacio, pero leía.
Al final del primer año, Expedito pudo leer su nombre completo. Lloró escondido en el camión.
Al segundo año, leyó un letrero del autobús. Por primera vez en 66 años, supo a dónde iba sin preguntar a nadie.
Todo seguía en secreto: 15 minutos al día, tres veces por semana, junto al portón.
El Nieto Descubre el Secreto
Hasta que el nieto de Doña Helena, Lucas, 34 años, la visitó un jueves por la mañana.
Llegó temprano, 6:30 a.m., y quedó paralizado:
Allí estaba su abuela en el portón, Expedito con uniforme naranja, cuaderno abierto, clase en progreso.
— “BA-BE-BI-BO-BU. Ahora tú.”
— “BA-BE-BI-BO-BU”, repetía Expedito.
Lucas no podía creerlo.
Cuando Expedito se fue, le preguntó a su abuela:
— “Abuela, ¿quién es ese hombre?”
Ella lo miró confundida:
— “¿Qué hombre?”
— “El hombre al que estabas enseñando ahora.”
Doña Helena pensó 30 segundos, luego dijo:
— “Ah, sí. Mi alumno. Está aprendiendo muy bien.”
Lucas investigó y encontró el cuaderno, lleno de notas:
“Expedito — lección de B”, “Expedito — bien hecho, 8/10 correctas”.
Ella escribía, olvidaba, y volvía a escribir.
Un Final Inspirador
Lucas esperó al próximo martes, 6:15 a.m., escondido dentro de la casa.
Vio todo: Doña Helena en el portón, Expedito llegando, cuaderno abierto, clase en progreso.
Emocionado, supo que esa historia no podía quedarse en secreto.
Decidió documentarla, fotografiarla, compartirla con el mundo.
Porque allí, en esa calle de Recife, una mujer de 94 años con demencia estaba cambiando la vida de un hombre de 67, demostrando que enseñar y aprender no tienen edad.
Y que nunca es tarde para descubrir el orgullo de saber leer.



