Historias

La nueva secretaria quedó paralizada al ver su foto de la infancia en la oficina de su jefe

El ascensor subía rápidamente por el edificio de cristal que reflejaba el cielo azul sobre la Ciudad de México. Sofía Méndez apretaba una carpeta contra el pecho, intentando no dejar ver el nerviosismo. Aquel empleo era el giro que tanto necesitaba. El salario ayudaría a pagar los medicamentos y los exámenes de su madre, Isabel, que ya no podían seguir postergándose.

Piso 35. Arteaga & Asociados —anunció la voz metálica.

Sofía respiró hondo, alisó su falda negra —la única formal que tenía— y caminó hacia la recepción. El mármol brillaba, los pasillos estaban en silencio y abogados con trajes caros pasaban con expresión apresurada.

La recepcionista, una mujer de mediana edad impecable, la observó por encima de los lentes.

—Llegó a tiempo. Al doctor Arteaga no le gusta la impuntualidad. Carmen la está esperando.

Carmen era una secretaria veterana, de rasgos amables y mirada atenta. Mientras guiaba a Sofía por la oficina, le dejó claras las reglas:

—Puntualidad perfecta, organización impecable, discreción absoluta. Y nunca interrumpa al doctor Arteaga cuando esté en una llamada importante.

Al llegar al pasillo del despacho principal, Carmen bajó la voz:

—No se asuste si parece frío. Es así con todo el mundo.

El despacho de Fernando Arteaga era exactamente lo que Sofía esperaba de un hombre poderoso: estanterías oscuras, un escritorio imponente y una vista amplia de la ciudad. Detrás de la mesa, un abogado de poco más de cincuenta años firmaba documentos sin levantar la vista.

Cuando finalmente la miró, Sofía sintió un escalofrío. Eran ojos grises, duros… y, al mismo tiempo, tristes.

—Señorita Méndez. Siéntese.

Revisó su currículum por encima.

—Modesto, pero con buenas referencias. Espero dedicación.

—No lo decepcionaré, doctor.

Comenzó a explicar sus funciones, pero Sofía apenas podía concentrarse. Algo sobre el escritorio le robó el aliento.

En un portarretrato plateado había una fotografía antigua y descolorida: una niña de unos cuatro años, con un vestido blanco, sosteniendo un girasol.

Esa niña era ella.

Reconoció el vestido, el girasol e incluso una pequeña mancha en una esquina: la misma que su madre guardaba como un tesoro dentro de una caja de metal.

El mundo pareció detenerse.

—¿Me está escuchando, señorita Méndez? —la voz de él la sacó del trance.

Sofía señaló la foto con el dedo tembloroso.

—Doctor… esa niña… ¿quién es?

El rostro de Fernando se endureció por un instante, como si aquella pregunta abriera una herida antigua.

—Es una foto personal. No tiene importancia.

Y antes de que Sofía pudiera insistir, dio por terminada la reunión.

—Puede retirarse. Carmen le explicará el resto.

Sofía pasó el día en automático. Por fuera, obediente. Por dentro, en shock.


Medio

Esa noche, al llegar a casa, encontró a su madre en la cocina. Isabel sonrió, pero Sofía notó el cansancio detrás del gesto.

—¿Cómo te fue, hija?

Sofía tragó saliva.

—Mamá… el doctor Arteaga tiene una foto mía… sobre su escritorio.

La taza de té se le cayó de las manos a Isabel y se hizo añicos en el suelo.

Su rostro se volvió pálido, como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué…?

—La foto del girasol. La misma que tú guardas.

Isabel caminó hasta el dormitorio como si las piernas apenas la sostuvieran. Sacó una caja de metal de debajo de la cama, la abrió con una pequeña llave y allí estaba la foto.

Idéntica.

Entonces Isabel finalmente habló, con la voz rota por décadas de silencio:

—Hay algo que nunca te conté sobre tu padre… porque pensé que era mejor que no lo supieras.

Sofía se sentó en el borde de la cama.

—Siempre dijiste que había muerto.

Isabel respiró hondo.

—No murió, Sofía.

El suelo pareció desaparecer bajo sus pies.

—Entonces… ¿quién es?

Isabel levantó los ojos llenos de lágrimas.

—Tu padre es Fernando Arteaga.

El shock se transformó en rabia.

—¡Mi jefe… es mi padre… y hoy me miró como si no fuera nadie!

Isabel entonces contó toda la verdad: a los veinticuatro años trabajaba como empleada doméstica en la casa de los Arteaga. Fernando estaba casado con Verónica Montero, en un matrimonio de conveniencia. Verónica tenía amantes, Fernando ambición… e Isabel se convirtió en su secreto.

Primero fueron miradas, luego conversaciones ocultas, después promesas. Él le regalaba libros, la hacía sentirse importante. Cuando Isabel quedó embarazada, Fernando prometió solucionarlo todo. Fue entonces cuando tomó la foto del girasol, diciendo que serían una familia.

Pero Verónica lo descubrió.

No le importó la infidelidad. Lo que no soportaba era el escándalo: su esposo poderoso eligiendo a una empleada… y un hijo nacido de esa relación.

Verónica amenazó con destruir la carrera de Fernando si Isabel no desaparecía. Y esa noche, Fernando eligió su carrera.

Isabel se fue sola, asustada, embarazada. Después envió cartas. Muchas cartas. Con fotos. Con súplicas.

Nunca hubo respuesta.

Sofía siempre creyó que él lo sabía y las ignoró. La verdad era peor: Isabel nunca supo si él recibió las cartas, porque todas fueron enviadas a la oficina.

Esa misma semana, Verónica apareció en el bufete. Por primera vez, miró directamente a Sofía, como quien reconoce una amenaza.

Pronto comenzaron los “accidentes”: archivos que desaparecían, reuniones canceladas, correos extraños enviados desde la computadora de Sofía. Alguien quería destruirla.

Carmen ató los cabos:

—Doña Verónica nunca llama a secretarias… a menos que representen un peligro.

Sofía intentó resistir. Necesitaba el trabajo, el dinero y la verdad. Pero cuando Fernando empezó a desconfiar de ella por los “errores”, Sofía entendió que Verónica ganaría si ella seguía callada.

La mañana en que todo estalló, Carmen faltó al trabajo y dejó solo un mensaje:

“Cuidado. Ella ya sabe. Busca en el segundo cajón. — C.”

Sofía encontró un sobre escondido. Dentro había pruebas: recibos de entregas firmados por Verónica, registros de correspondencia interceptada y pagos para vigilar a Isabel.

Poco después, Verónica apareció en el pasillo y, delante de todos, disparó:

—Debí reconocerte. Tienes sus ojos. ¿Cuánto dinero quieres para desaparecer?

En ese momento, Fernando salió de su despacho, pálido pero firme.

—Basta, Verónica.

Llamó a Sofía al interior.

Y finalmente, sin salida posible, Sofía dijo:

—Yo soy su hija.

Fernando quedó paralizado.

—Isabel… nunca me dijo que estaba embarazada…

—Lo intentó. Mandó cartas. Muchas. Usted nunca respondió.

—Porque nunca las recibí.

Sofía puso el sobre sobre la mesa.

Fernando leyó uno por uno los documentos que demostraban que Verónica había interceptado todo durante años.

La máscara cayó. El hombre poderoso se volvió un hombre devastado.

—Ella lo sabía… todo este tiempo… —susurró—. Y me robó la oportunidad de ser padre.

Cuando Verónica volvió a entrar con un aliado del bufete, Fernando no retrocedió:

—Haremos una prueba de ADN. Y cuando dé positiva, responderás por todo lo que hiciste.


Final

El resultado fue claro: 99,9 %. Sofía era hija de Fernando Arteaga.

El castillo de mentiras de Verónica se derrumbó.

Intentó difamar en la prensa, inventó que Isabel era una oportunista, trató de quitarle clientes al bufete y de destruir a Fernando. Pero Carmen aportó la pieza final: un ex empleado del correo confesó y entregó recibos, registros y una carta que nunca fue enviada, la última que Isabel escribió cuando Sofía era niña.

Fernando leyó esa carta como quien vive un duelo.

Hizo una conferencia de prensa, presentó pruebas, expuso documentos y acorraló a Verónica. Una grabación de voz selló su destino, en la que ella admitía haber ocultado todo y juraba destruir a Fernando antes de permitir que Sofía fuera reconocida.

Sus propios aliados se apartaron para no caer con ella.

Fernando pidió el divorcio.

Y por primera vez en décadas, respiró como un hombre libre.

En los meses siguientes, Fernando cuidó de Isabel, no solo por culpa, sino por arrepentimiento sincero y amor tardío. Sofía, que siempre soñó con justicia, estudió derecho y abrió un pequeño despacho para defender a mujeres vulnerables y madres solteras, personas como su madre.

Fernando dejó de ser solo un nombre poderoso. Se convirtió en padre, paso a paso, sin exigir perdón inmediato.

Una tarde, en una casa sencilla rodeada de girasoles, Isabel miró a los dos y comprendió que no todo comienzo borra el pasado… pero algunos comienzos finalmente lo curan.

La vieja foto del girasol, en un nuevo portarretrato, dejó de ser un secreto doloroso.

Se convirtió en el símbolo de una familia que, a pesar de todo, logró reencontrarse.

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