MI ESPOSO EMPEZÓ A OLER MUY MAL

— CUANDO EL MÉDICO DESCUBRIÓ LA RAZÓN, NO SABÍA SI REÍR O LLORAR
Todo comenzó de una manera extraña y, para ser sincera, vergonzosa.
Mi esposo empezó a oler fatal. No era un olor normal a sudor o mala higiene — era algo fuerte, persistente y casi imposible de disimular. Cambié las sábanas, el jabón, lavé la ropa dos veces… nada funcionó.
Después de semanas intentando ignorarlo, tomé una decisión.
“Vamos al médico”, le dije. “Esto no es normal.”
Concerté una cita con un urólogo y decidí acompañarlo para apoyarlo. Él estaba nervioso, pero aceptó. Llegamos a la consulta y entró solo. El médico cerró la puerta.
Cinco minutos después, la puerta se abrió.
El médico salió con la cara roja, claramente intentando no reírse. Al verme, se aclaró la garganta y dijo:
“Quizás quiera entrar y verlo por usted misma.”
Mi corazón se aceleró.
“Doctor, ¿qué está pasando? ¿Por qué se está riendo?” pregunté, imaginando lo peor.
En ese momento, mi esposo salió del consultorio, rascándose la cabeza, visiblemente avergonzado.
“Cariño…” empezó, sin mirarme. “No sé cómo decirte esto, pero… yo…”
Respiró hondo.
“He estado usando tu esponja de baño.”
Me quedé en silencio.
“La de la cara”, añadió. “Todos los días. Durante meses.”
Lo miré a él y luego al médico, que ya no podía contener la risa.
El doctor explicó, todavía riendo, que la esponja había acumulado bacterias y que usarla en zonas íntimas podía causar exactamente ese olor terrible — sin que hubiera ninguna enfermedad.
“Nunca compartan esponjas de baño”, dijo, secándose las lágrimas de risa.
Salí de la consulta sin saber si reír, gritar o comprar un lote entero de esponjas nuevas.
Ese día aprendimos dos lecciones importantes:
1️⃣ la comunicación evita la vergüenza,
2️⃣ y las esponjas de baño no se comparten jamás.
Desde entonces, mi esposo huele de maravilla.
Y yo… nunca volví a dejar mi esponja a su alcance.



