Historias

«PERDÓNAME, HIJO… ESTE AÑO NO HAY CENA», LLORÓ LA MADRE.
UN MILLONARIO ESCUCHÓ… Y LO QUE HIZO LA DEJÓ SIN PALABRAS

— Mamá… tengo hambre.

Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía apenas cuatro años, pero su estómago ya conocía un lenguaje que ningún niño debería aprender: el del hambre que no se calma con promesas. Acarició el cabello de su hijo con una mano, mientras que con la otra sostenía una bolsa demasiado liviana, casi ridícula, llena de botellas de plástico vacías que había recogido durante el día.

— Ya vamos a comer algo, mi amor —murmuró.

La mentira le raspó la garganta. Esa semana había mentido demasiadas veces. No por costumbre, sino por supervivencia. Porque decirle la verdad a un niño era como tirarlo al suelo sin colchón.

El supermercado brillaba con luces navideñas. Guirnaldas doradas, música alegre, carritos llenos pasando apresurados. El olor a pan recién hecho y canela flotaba en el aire, un aroma que para Lucía significaba lujo. Buenos Aires estaba hermosa esa noche, como si la ciudad se hubiera vestido para celebrar… mientras ella caminaba con zapatos gastados, cuidando cada paso para que Mateo no notara su miedo.

Mateo se detuvo frente a una pila de panes dulces envueltos en papel brillante.

— ¿Vamos a comprar uno este año? Como el año pasado con la abuela…

El año pasado. El pecho de Lucía se apretó. El año pasado su madre todavía estaba viva. El año pasado tenía un trabajo fijo limpiando casas. No sobraba dinero, pero había una mesa. Había un techo. No dormían dentro de un auto prestado desde hacía dos semanas.

— No, mi amor… este año no.

— ¿Por qué?

Porque el mundo se derrumba sin avisar. Porque la fiebre de un hijo pesa más que cualquier trabajo. Porque una jefa puede despedirte por faltar un solo día, aunque ese día lo hayas pasado sosteniendo a tu hijo ardiendo de fiebre en una sala de hospital. Porque el alquiler no espera. La comida no espera. Y el dolor tampoco.

Lucía tragó saliva y forzó una sonrisa.

— Hoy vamos a hacer otra cosa. Vení, ayúdame a devolver las botellas.

Cruzaron pasillos donde todo parecía decir “sí” y, al mismo tiempo, “esto no es para ustedes”. Jugos, galletas, chocolates, juguetes. Mateo miraba todo con ojos enormes.

— ¿Puedo tomar juguito hoy?

— No, amor.

— ¿Y galletas de chocolate?

— No.

— ¿Y las comunes…?

La respuesta salió más dura de lo que Lucía quería. Vio cómo la carita de Mateo se apagaba, como una luz que se rinde. Su corazón se rompió otra vez. ¿Cuántas veces puede romperse un corazón sin desaparecer por completo?

Llegaron a la máquina de reciclaje. Una botella. Luego otra. Sonidos mecánicos. Números subiendo lentamente.

Diez botellas.

La máquina escupió un cupón.

Veinticinco pesos.

Lucía lo miró como si fuera una burla cruel. Veinticinco pesos. En Nochebuena.

Mateo le apretó la mano, lleno de esperanza.

— Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucha hambre.

Algo dentro de ella cedió. Había sostenido el mundo hasta ese momento, pero la mirada confiada de su hijo rompió su última resistencia. No podía mentirle más. No esa noche.

Lo llevó a la sección de frutas y verduras. Las manzanas rojas brillaban, las naranjas perfectas, los tomates como joyas. Rodeada de la abundancia ajena, Lucía se arrodilló frente a él y le tomó las manos pequeñas.

— Mateo… mamá tiene que decirte algo muy difícil.

— ¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué llorás?

Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas caían solas.

— Hijo… perdóname. Este año… no hay cena.

Mateo frunció el ceño, confundido.

— ¿No vamos a comer?

— No tenemos dinero, mi amor. No tenemos casa. Estamos durmiendo en el auto… y mamá perdió el trabajo.

Mateo miró alrededor, a toda la comida.

— Pero… hay comida acá.

— Sí… pero no es nuestra.

Entonces Mateo lloró. No gritó. Lloró en silencio, con ese llanto que duele más. Sus hombros pequeños temblaban. Lucía lo abrazó con desesperación, como si pudiera apretar fuerte y crear un milagro.

— Perdóname… por no poder darte más.

— Disculpe, señora.

Lucía levantó la vista. Un guardia de seguridad los observaba, incómodo.

— Si no van a comprar nada, necesito que se retiren. Están molestando a los otros clientes.

Lucía se limpió el rostro rápidamente, avergonzada.

— Ya nos vamos…

— No hace falta. Están conmigo.

La voz llegó desde atrás, firme y tranquila.

Lucía se dio vuelta. Un hombre bien vestido, de mediana edad, los observaba. Sus ojos no tenían juicio, solo atención.

— Escuché todo —dijo—. Y nadie debería pasar hambre aquí dentro.

El guardia dudó. El hombre mostró una tarjeta negra.

— Soy el dueño de esta cadena.

Lucía quedó sin palabras.

— Vengan —continuó—. Vamos a hacer las compras.

— Señor… yo no puedo…

— Sí puede. Hoy es Navidad.

Llenó el carrito con comida: frutas, carne, leche, pan. Se detuvo en el pasillo de juguetes y puso un pequeño auto rojo en las manos de Mateo.

— Para vos.

Mateo sonrió por primera vez esa noche.

A la salida, el hombre le entregó a Lucía un sobre.

— Aquí está la dirección de un hotel y una recomendación de trabajo. El lunes preséntese allí. Limpieza administrativa. Con contrato.

Lucía lloró, pero esta vez era distinto.

— Gracias… gracias por vernos.

El hombre sonrió.

— A veces, lo único que alguien necesita es ser visto.

Esa noche, Lucía y Mateo no durmieron en el auto. Cenaron juntos. Y, por primera vez en mucho tiempo, ella se durmió sintiendo algo que no había sentido en meses:

esperanza.

Artigos relacionados